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Hernán y Lucía se conocieron en
Hernán y Lucía se conocieron en una
convención internacional de emprendedores. Lo que siguió a ese encuentro es la
historia de dos almas que descubrieron lo intensas que podían ser sus vidas si
las compartían, si miraban alternativa o simultáneamente desde los ojos de uno y
de otro. Juntos, recorrieron miles de rincones exóticos de este mundo,
conocieron nuevas culturas y se conocieron. Los describiría como almas
independientes que se hicieron gemelas de tanto alimentar lo que las hacía
únicas.
Y, como siempre, el tiempo pasó, pero
no puedo decir que envejecieron juntos porque cada nuevo día contagiaban más
energía, más alegría y juventud espiritual.
Lucía cumplía ochenta años y Hernán,
que creía conocerla en todas sus facetas, la notaba extraña. Últimamente había
comenzado a quejarse de lo que sus hijos hacían o dejaban de hacer; contestaba
con ironías -sin hacer pedidos específicos acerca de lo que necesitaba- y se
ponía a discutir por cualquier cosa.
Hernán, buscando mantener la armonía
familiar y de pareja que los caracterizaba, no contestaba a sus enojos y
reproches o lo hacía con respuestas evasivas. Sin embargo, luego de varios días
de discusiones a las que no les veía ningún sentido, él también comenzó a
enojarse y a formar parte activamente en los entredichos. Buscaba sacarla de
esas actitudes negativas… pero las reacciones de ella eran cada vez peores. El
clima familiar había cambiado de soleado a tormentoso.
Esta mezcla de actitudes y
comportamientos destructivos preocuparon seriamente a Hernán la tarde que Lucía
comenzó a insultar a gritos a la camarera del restaurante en el que solían comer
y en el que un día él le había propuesto matrimonio sin esposas.
El incidente pasó, las aguas se
calmaron, y Lucía – que no podía reconocerse a sí misma en esas acciones- creyó
oportuno hacerse revisar por un médico.
El diagnóstico informó que como
consecuencia del deterioro natural de la edad, en adelante tendría reacciones
intempestivas provocadas por alteraciones de su carácter. Aprovechando un
momento en que ella estaba tranquila, conversaron y acordaron enfrentarlo como
un desafío conjunto. Ella tomaría la medicación necesaria y él tendría que
aprender a manejar algunos comentarios negativos para que la relación siguiera
sumando valor a sus vidas y las de sus hijos.
Conocer la situación en la que ella
se encontraba le permitió a Hernán dejar de reaccionar a sus comentarios. Creó
estrategias para distraerla y lograr cambiarle de tema. Se transformó en el
guardián de los pensamientos de Lucía. Pero no se quedó sólo con eso… Necesitaba
crear una manera de evitar que los pocos pensamientos negativos que salían de la
boca de Lucía afectaran su estado de ánimo. Conversando con un coach encontró
algo mucho más poderoso que protegerse de aquellos comentarios: ¡Encontró una
manera de transformarlos en un alimento para la relación!
Tomó conciencia de que esas palabras
duras e hirientes no tenían más poder que el que él mismo les estaba dando. Que
lo que le dolía no era el comentario, sino la interpretación que él le daba.
Sabiendo que no era ella la que estaba hablando comenzó a reinterpretar sus
palabras traduciéndolas en palabras de amor, de aliento y de reconocimiento…. y
con una mirada se lo agradecía.
Eso es lo que hubiera salido de su
boca si ella estuviera mentalmente sana - pensaba.
Así, cada vez que ella le decía algo,
él internamente se alentaba, se reconocía o lo transformaba en lo que necesitaba
escuchar en ese momento.
Los pensamientos no tienen más
poder que el que nosotros les damos.
Tu cabeza te puede estar haciendo
comentarios destructivos porque es lo que ve como más adecuado hacer en ese
momento. Puede creer que si te insulta vas a recapacitar y tener más cuidado la
próxima vez. Puede pensar que si te dice que no eres capaz de lograr algo te
protege de meterte en una situación en la que puedes fracasar.
No tiene sentido pelear con mi
cabeza. Necesito comprenderla y amarla. Pensar que está haciendo lo mejor que
puede en este momento. No es productivo atacar, ni discutir sus pensamientos.
Simplemente puedo elegir a cuáles darle autoridad y a cuáles no y quedarme con
la intención positiva que tuvo mi mente al presentármelos. Yo también puedo
agradecerle la buena intención a mi Lucía –como bauticé a mi mente- y elegir una
manera de pensar más poderosa.
Si, en cambio, peleo con mi cabeza
la entreno en defenderse y cada día peleará mejor.
Te propongo que la próxima vez que
detectes uno de esos pensamientos, te preguntes cuál es la intención positiva de
tu mente al decírtelo… y con una sonrisa de agradecimiento te digas a ti mismo
lo que Lucía hubiese querido decirte en su mejor momento. El apoyo y el amor
incondicional a mí mismo es la base de la sanidad mental y la paz del espíritu.
Sólo en paz estamos listos para dar nuestro 100%.
Liderazgo es hacer lo necesario
para estar completamente presente al ahora.
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